Racismo, sarcasmo y silencio – DIARIO DE CUBA
Portada

Racismo, sarcasmo y silencio – DIARIO DE CUBA

Una calle de La Habana, 2023.

Una calle de La Habana, 2023.

IPS

Nunca olvidaré la experiencia de un encuentro, que tuve en Nueva York con unos amigos cubanos de mi exnovia Nubia. Habíamos quedado vernos en el lobby de nuestro hotel y cuando finalmente nos encontramos cara a cara, el señor le dijo a su esposa: «Aquí esta una prueba fehaciente, de lo que siempre te he dicho. Estos son negros cubanos de salir, a diferencia de los afroamericanos, que son unos acomplejados y se ofenden por cualquier cosa».

El señor completó su argumento, apostando que al negro cubano, se le puede llamar «negro de mierda», y que jamás se ofendería, porque está consciente de que se trata de un chiste. Por mi parte, me quedé callado reflexionando e hice uso de la sabiduría práctica y la soberanía verbal. Porque estaba consciente que la ofensa verbal no es una señal de fuerza, sino un grito desesperado de debilidad.

Pero Nubia reaccionó inmediatamente de una manera diferente y le aclaró al señor que existen estándares que son inquebrantables. «Bueno, si tú me llamas ‘negra de mierda’, entonces yo me resingo en tu madre».

Demás esta decir, que se produjo un silencio, seguido por un mutis de ambas partes. Lo que se suponía iba a ser un encuentro cordial y amistoso entre compatriotas, terminó abruptamente de una manera nada agradable. Esta experiencia me demostró que las expresiones racistas se han hecho tan normales entre cubanos que los protagonistas no perciben el daño que hacen y que el racismo es un fenómeno que a todos los afrocubanos les molesta, incluso hasta el nivel de la vida cotidiana. Pero cada interlocutor reacciona y filtra esta experiencia, basado en su autoconciencia y dignidad.

En la actualidad el racismo rara vez se presenta físicamente con el rostro brutal y explícito de otros tiempos y suele esconderse detrás de la risa, el comentario «ingenioso» y la ironía disfrazada de humor, y ahí reside su peligrosidad: En su capacidad de herir mientras aparenta inocencia. Las bromas de mal gusto y el sarcasmo se convierten en armas predilectas de los racistas cobardes, porque permiten atacar sin asumir abiertamente la responsabilidad moral de la agresión. Son formas de violencia simbólica que buscan degradar al otro, mientras preservan la apariencia de una simple diversión.

El chiste racista no es un acto inocente. Detrás de cada burla existe una estructura de poder. El humor puede ser una expresión legítima de creatividad y crítica social, pero también transformarse en un mecanismo de humillación cuando se utiliza para reafirmar prejuicios históricos. El racista que se ampara en la ironía no pretende hacer reír, pretende marcar territorio, establecer jerarquías invisibles y recordar quién ocupa según su visión, el lugar «superior» y quiénes son los subordinados. El sarcasmo funciona entonces como un sofisma de superioridad: un recurso retórico que busca justificar la discriminación bajo el disfraz de la inteligencia o la agudeza verbal.

La cobardía del racismo moderno y de los microrracismos consiste precisamente en esa ambigüedad calculada. El agresor lanza el «dardo envenenado» y, cuando la víctima reacciona, se refugia en la excusa de que «solo era una broma». De esta manera, el ofendido queda atrapado en una trampa psicológica: si calla, legitima la agresión; si protesta, es etiquetado como «acomplejado», «resentido» o incapaz de entender el humor. Esta estrategia resulta extremadamente eficaz porque desplaza la atención del acto discriminatorio hacia la reacción de la víctima. El problema deja de ser el racismo y pasa a ser la sensibilidad de quien lo denuncia.

En ese sentido el racismo necesita del silencio para sobrevivir. Como afirma el escritor Gilberto Dihigo, el racismo es un parásito que se alimenta del silencio y la pasividad social. Cada vez que una sociedad minimiza estos comentarios o los considera inofensivos, contribuye a normalizar una cultura de desprecio.

Las palabras no son simples sonidos vacíos; moldean percepciones, legitiman conductas, construyen imaginarios colectivos y moldean y crean la realidad. Un chiste repetido durante generaciones puede convertirse en un prejuicio aceptado y un prejuicio aceptado se transforma en exclusión social, desigualdad y hasta violencia. Además, el racismo disfrazado de humor revela una profunda frustración interior. Muchas veces, quien ridiculiza al otro necesita degradarlo para reafirmarse a sí mismo. El desprecio hacia los otros no nace de una auténtica superioridad, sino de inseguridades y temores profundamente arraigados. Por eso el racista necesita constantemente rebajar al otro, porque su identidad depende de mantener una falsa escala de valor humano superior. La burla se convierte así en un mecanismo de ataque y de defensa psicológica y social.

Sin embargo, la historia demuestra, que las estructuras de discriminación comienzan a debilitarse cuando las víctimas dejan de guardar silencio. Denunciar el racismo no es una señal de inferioridad ni de complejo; todo lo contrario, es un acto de rebeldía, dignidad y valentía. Resistirse a la humillación significa rechazar la jerarquía que el racista intenta imponer a través de la censura y la eliminacion del pensamiento crítico. Pero la conciencia crítica y la memoria histórica son herramientas esenciales para desmontar estas formas encubiertas de violencia.

Podemos llegar a la conclusión de que las bromas racistas y el sarcasmo discriminatorio no son simples expresiones de humor, sino instrumentos de dominación simbólica. Bajo la apariencia del humor y el ingenio, esconden la intención de herir, humillar y perpetuar desigualdades históricas. El racismo contemporáneo es proteico y ha aprendido a disfrazarse de la ironía y el sarcasmo para sobrevivir en sociedades que lo condenan abiertamente, pero continúan tolerando y alimentando formas más sutiles. Frente a ello el silencio no puede ser la respuesta. Nombrar el racismo, desenmascararlo y enfrentarlo es una forma de defender la dignidad humana y de impedir que la burla siga funcionando como una máscara aceptable del desprecio.

Necesitamos tu ayuda: apoya a DIARIO DE CUBA

Archivado en

Sin comentarios

Necesita crear una cuenta de usuario o iniciar sesión para comentar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *