Liberar a Cuba: el mejor ‘negocio’ que puede hacer Donald Trump

En una entrevista con el corresponsal de Fox News Trey Yingst, el presidente Donald Trump afirmó: «Estoy observando a Cuba. Muchas cosas van a suceder en Cuba, quizás durante los dos próximos meses, pero no veo que vaya a ser como Venezuela”.
Al preguntarle si se refería a una posible acción militar, respondió: “Podríamos hacer eso con Cuba. No sería difícil para nosotros hacerlo. Venezuela es mucho más grande que Cuba. Tiene oro, realmente tiene oro. Tiene mucho oro, mucho petróleo. Probablemente posee las tierras más valiosas del mundo en términos de oro y rubíes…”.
Estas declaraciones desataron un intenso debate en redes sociales. Muchos argumentan que, al no contar Cuba con grandes reservas de petróleo ni oro, Trump no tiene interés real en cumplir el sueño de la mayoría de los cubanos: el fin de la tiranía y una verdadera transición democrática.
Sin embargo, la realidad es otra. El pasado 29 de enero, al firmar la Orden Ejecutiva 14380 titulada “Addressing Threats to the United States by the Government of Cuba”, Trump dejó claro que comprende perfectamente el grave peligro que representa el régimen castrocomunista para la seguridad nacional de Estados Unidos y para la libertad y la democracia en el continente.
Liberar a Cuba no es solo una cuestión moral: es un excelente negocio estratégico.
Durante décadas, el conflicto con la dictadura cubana se ha analizado casi exclusivamente desde la óptica política, la Guerra Fría o los derechos humanos. Pocas veces se ha cuantificado el verdadero costo que ha tenido para Estados Unidos la existencia de un régimen comunista a solo 90 millas de su territorio.
La permanencia de la dictadura cubana ha sido uno de los pasivos estratégicos más onerosos que Washington ha cargado en los últimos 70 años.
Todo comenzó con los secuestros de ciudadanos estadounidenses y el sabotaje de propiedades por parte de los guerrilleros de Fidel Castro. Tras tomar el poder, siguieron las confiscaciones masivas sin compensación: centenares de empresas, industrias, bancos, centrales azucareros y hoteles fueron nacionalizados. La Comisión de Liquidación de Reclamaciones Extranjeras de Estados Unidos certificó miles de reclamaciones por un valor original de unos 1.900 millones de dólares de la época. Con los intereses acumulados durante más de seis décadas, el monto actual se estima en decenas de miles de millones de dólares.
Pero el daño económico fue solo el principio. La alianza con la Unión Soviética convirtió a Cuba en la principal plataforma geopolítica de Moscú en América. Estados Unidos se vio obligado a rediseñar su estrategia militar en el Caribe, reforzar su presencia naval y aérea, incrementar el gasto en inteligencia y mantener una vigilancia permanente sobre la isla.
La Crisis de los Misiles de 1962 llevó al mundo al borde de una guerra nuclear. El enorme despliegue militar y las inversiones posteriores en defensa marcaron durante décadas la planificación estratégica estadounidense.
Mientras tanto, el régimen exportaba su revolución. Entrenó a miles de guerrilleros y apoyó movimientos insurgentes en toda América Latina. Washington destinó miles de millones de dólares a programas de seguridad y contrainsurgencia para contener esa expansión cuyo epicentro era La Habana.
La influencia castrista tampoco se limitó al continente. Las intervenciones militares en Angola y Etiopía consolidaron la presencia soviética en África y obligaron a Estados Unidos a responder con mayor esfuerzo diplomático y militar.
Tras el fin de la Guerra Fría, lejos de desaparecer, esa influencia mutó. El régimen cubano contribuyó decisivamente a construir y fortalecer la extrema izquierda en Estados Unidos y en el hemisferio. Como señaló recientemente el secretario de Estado Marco Rubio, la dictadura ha infiltrado instituciones estadounidenses y ha estado vinculada a la introducción de drogas en territorio norteamericano.
Sin el castrismo, el chavismo no habría sido posible. El petróleo venezolano oxigenó económicamente al régimen cubano, mientras La Habana exportaba inteligencia, control social y cuadros políticos que consolidaron el proyecto chavista. De esa alianza surgieron el ALBA, Petrocaribe, el fortalecimiento del Foro de São Paulo y otros mecanismos que dificultaron iniciativas estadounidenses como el ALCA y redujeron la influencia de Washington en la región.
A esto se suma la relación estratégica actual de La Habana con Rusia, China, Irán y Corea del Norte. Cuba sigue siendo un portaaviones hostil frente a las costas estadounidenses. Mantener vigilancia, inteligencia y capacidades militares contra este eje implica costos permanentes que no desaparecerán mientras persista el actual sistema.
Por todo ello, el mejor “negocio” que puede hacer Donald Trump es poner fin al régimen castrista lo antes posible y apoyar a los cubanos en un proceso ordenado de transición democrática. No se trata solo de un imperativo moral para liberar a millones de personas. Es una decisión de enorme rentabilidad estratégica.
Una Cuba democrática significaría:
• Eliminar una plataforma hostil frente a sus costas.
• Abrir oportunidades de inversión para empresas estadounidenses.
• Reducir riesgos de seguridad.
• Debilitar la presencia de Rusia, China e Irán en el Caribe.
• Favorecer la estabilidad regional y construir una relación económica basada en comercio, turismo e inversión.
Poner fin al comunismo cubano resultaría más beneficioso para Estados Unidos que hacer negocios con todo el petróleo venezolano y saudí junto al oro de Australia y Sudáfrica. Quien dude de esta afirmación solo tiene que repasar la historia y hacer los cálculos. Al terminar concluirá que José Daniel Ferrer fue muy moderado.
Noriega y Maduro eran menos peligrosos y fueron capturados. Los Castro hicieron —y siguen haciendo— cosas peores durante más de seis décadas.
Liberar a Cuba garantizaría a Donald Trump un lugar en la historia más valioso que los seis premios Nobel que se entregan cada año. La única hazaña de mayor trascendencia —democratizar China— parece imposible por ahora.
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