Ahora, en el reposo, uno mira el partido una y otra vez y vuelve a reafirmar que Argentina ganó porque tiene un corazón y unos corajes que no caben en la ropa.
Ganó porque tiene a un Messi, que no puede compararse con cometas, ni siquiera con esos que pasan cada un mar de años. Messi el dibujante, el de seis mundiales, el General, el Único, aunque lo vilipendien .
Argentina ganó porque es el campeón del mundo, y un monarca como él, cuando llega a una semifinal, no pregunta si el rival es de ultramar, si fue metrópoli o tiene un Ciudadano buscador de goles.
Ganó nada menos que a Inglaterra porque es el equipo contra el que más se han tejido intrigas, fábulas y mentiras y todo eso le ha servido como combustible para su motor de la resistencia.
Ganó porque sus jugadores comen y beben victoria, porque son fieras humanas en el campo y no se rajan ni siquiera en el cansancio, porque cuando las piernas flaquean, ellos ponen la cabeza más fría y más fuerte.
Argentina ganó porque tiene a Scaloni, un técnico que no necesita gritar para hacerse entender, que ha construido un equipo a su imagen y semejanza: paciente cuando hay que esperar, feroz cuando se necesita un oleaje en el campo, convencido de que el fútbol se gana en los detalles y que los detalles, cuando se trabajan con fe, terminan siendo gigantes.
Ganó porque hay un Maradona que esté o no en el cielo, mira a la selección desde la altura, la banca, como dicen en Argentina, más que ningún otro, la impulsa diciéndole: “Vamos, muchachos, nos queda menos”.
Argentina ganó porque aunque pierda en la final ante la España del toque, el dominio y la furia, ya es más que un equipo que sale al terreno a anotar goles y hacer historia.
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