En plena ofensiva del Departamento de Estado de EE UU a los programas de cooperación médica de Cuba, el prestigioso semanario británico The Economist publica este viernes un extenso reportaje que retrata, a través de los casos –muy distantes en el tiempo– de dos hermanos sanitarios, la fractura humana y económica que ha legado a la Isla este lucrativo mecanismo de exportación de mano de obra. La periodista, corresponsal en México, ha pasado seis meses hablando con una treintena de médicos cubanos que han participado en los programas del Gobierno, de los que al menos la mitad han desertado, mientras el resto residen en Cuba. La historia con la que vertebra el reportaje es la de dos hermanos, ambos médicos, que relatan historias muy distintas, aunque ambas reflejan una mirada compartida: la de elegir un camino que les sacara de la miseria y acabar deseando huir. Jorge, 40 años, es el que no lo logra. Trabaja desde principios de este año –cuando recibió una llamada de un funcionario de Salud para proponérselo– en un enclave rural de México. Le dieron horas para hacer las maletas, pero no lo dudó. Ganaría 1.700 dólares en el país, frente a los 14 que recibe en Cuba, donde vive con su pareja, Bryan, en una provincia solo identificada como “lejos de La Habana”. Tampoco era la primera vez que lo hacía, pero en esta ocasión pesaron mucho el hartazgo de los apagones, de vivir de las remesas y los regalos de pacientes: tamales y frijoles. Recuerda de la vez anterior, en Ciudad de México durante la pandemia, cómo miraba las tiendas repletas de todo. “Comía tanto que se sentía mal”, dice el texto. Ahora trabaja en una región apartada y llena de violencia, pero que le permite enviar de todo a Cuba: una motorina, un disco duro lleno de contenido pirateado y hasta paneles solares. “Preferiría estar en Cuba con mi familia”, dice, admitiendo que no le mueve el humanismo, sino el dinero. Cree que es la motivación de todos, aunque la periodista afirma que entre los entrevistados encontró de todo. Recuerda de la vez anterior, en Ciudad de México durante la pandemia, cómo miraba las tiendas repletas de todo. “Comía tanto que se sentía mal”, dice el texto El trabajo en México le gusta. Los pacientes lo aprecian, vive de manera sencilla –no paga el alquiler–, tiene agua caliente e internet, cosas que en Cuba son imposibles. Además, trabaja menos de 35 horas semanales, ya que los trabajadores se van pronto a casa antes de que la violencia invada las calles. Sin embargo, no deja de dar vueltas a si le conviene o no desertar. Vive en la duda de si, por estar él tranquilo, contribuye a sostener al régimen. En Cuba, la periodista se encuentra con Bryan, la pareja de Jorge. Se ríe cuando le preguntan si los médicos son esclavos, como dice EE UU, o héroes humanistas, en la visión del régimen. “Ambas cosas son ciertas. Llamarlos ‘esclavos’ es una exageración, especialmente en un país marcado por la esclavitud. Los médicos deberían ganar más, pero también es justo que contribuyan”, considera. Y añade: “Soy hijo de una mujer negra pobre que limpiaba pisos para ganarse la vida, pero gracias a la Revolución pude convertirme en ingeniero. Nunca pagué un centavo”. Jorge, mientras tanto, ha empezado a considerar la idea de huir. Pero tiene miedo. Cuenta los insultos que, en el grupo de whatsapp de la brigada, se dedicaron a uno de los que abandonaron una misión. “Tenemos una rata”, escribió el jefe, pidiendo a todos que enviaran sus opiniones. “Escribieron horrores sobre él. Lo llamaron desertor, traidor, escoria”, dice. La experiencia la tiene en su propia casa. Su medio hermana Elisa es la otra protagonista de esta historia. Tenía 24 años en 2013, cuando entró en el programa médico para ir a Venezuela. En aquel momento había unos 32.000 sanitarios en la misión Barrio Adentro. Salió de inmediato. “No tuve tiempo de asimilar lo peligroso que era. Sentí que era la única opción”, dice. Su fe en la Revolución era mucho mayor que la de Jorge, criado por sus abuelos. A ella le influyó su padre, trabajador estatal convencido del fidelismo. Elisa interiorizó “la idea de que iba a ayudar al pueblo venezolano” y se fue entusiasmada, pero no solo fue eso. Ganaba 200 dólares al mes, diez veces más que en Cuba, aunque la tranquilidad no reinaba en el lugar. Su horario era de 24 horas de trabajo y 24 libres, atendía a entre 60 y 100 pacientes, y, una vez, un miembro de una pandilla local arrastró a su líder inconsciente, que sangraba por una herida de bala. “Sálvalo o te mataremos”, le dijo. A su regreso a Cuba por vacaciones se sentía eufórica. Compró aire acondicionado, lavadora y televisión a su madre, tenía una tarjeta de débito y un 30% de descuento en compras de artículos para el hogar. Puso, incluso, un árbol de Navidad, su primer acto “contrarrevolucionario”. Pero al final de las vacaciones, de vuelta a Venezuela, empezó a pensar. “Salí de Cuba con la mente enjaulada. En Venezuela, empecé a despertar”, señala. Le incomodaba, sobre todo, lo bien que vivía la élite venezolana mientras la población pasaba hambre. También otras condiciones, como el alojamiento –la trastienda de una comisaría compartida con otros 14 cubanos–, el toque de queda hasta las seis de la tarde, no poder salir del estado, no poder tener relaciones con personas autóctonas y, por supuesto, opinar distinto. Cuando sus superiores descubrieron que un miembro del grupo quería desertar, interrogaron a todos. "Es una sensación horrible. Empiezas a desconfiar de todos, incluso de tus propios compatriotas". Cuando sus superiores descubrieron que un miembro del grupo quería desertar, interrogaron a todos. "Es una sensación horrible. Empiezas a desconfiar de todos, incluso de tus propios compatriotas" Elisa decidió acogerse al programa Cuban Medical Professional Parole que estuvo en vigor entre 2006 y 2016 y con el que Estados Unidos permitía a los médicos que abandonaban las misiones oficiales de la Isla emigrar legalmente. Más de 8.000 galenos lo hicieron. Ella salió por Colombia a través de una peligrosa ruta, guiada por coyotes. En Cuba, su madre no tardó en recibir la visita de la Seguridad del Estado, a diario durante tres semanas. Le sacaron 4.800 dólares de su cuenta bancaria. Sus amigos la insultaban en redes sociales, su mejor amiga le retiró la palabra y, lo peor, también su hermano Jorge, molesto porque frustraba su propia carrera. Ahora, Elisa vive en Miami, donde trabaja como corredora de seguros médicos –no quiso convalidar su título–, está casada con un veterano de la guerra de Irak y tiene dos hijos. Toda la familia es fanática de Donald Trump, a pesar de que confiesa temer por su estatus migratorio actual. Tampoco quiere ir a Cuba, por miedo a que la identifiquen como médico y no le permitan volver, en medio de una atroz carencia de médicos y medios. The Economist también visitó hospitales en la Isla y vio el descalabro, en plena oscuridad. En México, Jorge reconoce que envidiaba a su hermana –“Era tan joven cuando se fue…”– y lamenta el día en que le mostró su desprecio, aunque sigue lamentando que no pensara en el resto de la familia. En mayo, los jefes de misión de México advirtieron a los médicos en una videoconferencia que tenían que estar preparados por si debían regresar a Cuba “en cualquier momento” porque la Isla estaba “en guerra”. Jorge entró en pánico y, aunque sus compañeros le aseguraron que esto era algo habitual, él sigue temiendo. “No quiero volver”, confiesa. Sus dudas son tan grandes que, por un lado, ha consultado a un abogado sobre la posibilidad de quedarse en México, pero a la vez ha puesto su nombre en una lista para la próxima misión, en 2027. Teresa, la madre de Jorge y Elisa, vive en Cuba. Allí la visitó la corresponsal durante su paso por Cuba. La casa aún tiene los electrodomésticos comprados con el dinero de la misión venezolana, pero el techo voló en un huracán y ahora lo cubre una lona. Ella resume la historia de sus hijos con sencillez. “Son buenos chicos, pero mi hija es más valiente que mi hijo”.
