Marta Anido Gómez Lubián: «Santa Clara está en mis genes»
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Marta Anido Gómez Lubián: «Santa Clara está en mis genes»



Rayma Hernández Garcí­a

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15 Julio 2026

Santa Clara avanza como su nombre, gloriosa, hacia la memorable cita de su aniversario 337. Acude ataviada con la indumentaria tejida a lo largo de más de tres siglos: un traje de seda hilada en la rueca de la historia, con oropeles de rebeldía y cultura. Resplandece ante los ojos de quienes se aven-turan a descubrirla y deposita, con un ósculo invisible impulsado por el viento, un ápice de su fulgor en el alma de cada uno de sus hijos.

Ese brillo ha permanecido intacto durante más de nueve décadas en la mirada de quien muchos consideran la más pilonga de todas. Ella aún endulza la vista al hablar de su ciudad amada; sus facciones dibujan una felicidad absoluta y la voz se le entrecorta por la emoción y el orgullo. Con motivo del venidero cumpleaños de la urbe villaclareña, Vanguardia conversó con Marta Anido Gómez Lubián para profundizar en su vínculo inquebrantable con Santa Clara y en los elementos que la hacen única dentro de Cuba.

Marta Anido Gómez Lubián.
Marta Anido Gómez Lubián. (Foto: Carolina Vilches Monzón)

—¿Qué significa para usted ser santaclareña?

—Nací en Santa Clara. Mi familia ya lleva una octava generación que nació aquí; por eso llevo esta ciudad en los genes y en la sangre. Es mi hogar, mi segunda madre, mi todo. Ella guarda mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, y hoy me acompaña en la vejez, ya como abuela y bisabuela. Por todo eso, Santa Clara es mi gran amor, es lo que yo más quiero.

—¿Qué recuerdos de su infancia marcaron a la persona que es hoy?

—Nací en una familia de profundas raíces musicales y literarias que me marcaron muchísimo, aunque luego me incliné por el ballet, otra de las artes que se cultivan aquí. Empecé su aprendizaje cerca de cumplir los ocho años, y nunca pude distanciarme de él. Tuve mi propia academia, donde enseñé a mis niñas. Fui fundadora de la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso y dediqué 25 años a la docencia de esta danza en Santa Clara.

«Bailé aquí, mis alumnas bailaron aquí. El teatro La Caridad representa mi vida como bailarina y como maestra. Santa Clara está en todo lo que soy: en mi cultura, en mi enseñanza, en mi labor docente iniciada en 1950, en mi desarrollo pleno, desde niña hasta la adultez, y aún hoy la vivo por completo. Es parte de mí, parte de mi historia; por eso no puedo imaginar mi existencia en otro lugar».

—¿Qué legado familiar siente que ha heredado de sus antepasados santaclareños?

—La lucha revolucionaria. Siento una inmensa satisfac-ción al saber que mis bisabuelos, tanto por parte de madre como de padre, fueron combatientes en la guerra del 68. A uno de ellos lo sentenciaron a muerte aquí, pero luego le conmutaron la pena y lo enviaron a la Isla de Pinos, donde pasó cinco años antes de regresar para continuar la lucha.

«Durante la guerra del 95, se incorporaron mis abuelos, y sus padres, aún vivos y veteranos de aquella prime-ra contienda, también volvieron a la batalla. Fundaron el Club Revolucionario de Santa Clara, al que se unieron sus esposas e hijos. Así se inició una tradición combativa que hemos continuado hasta la guerra de liberación nacional, la cual, para alegría y satisfacción de todos los santaclare-ños, culminó con la presencia del Che».

—En su opinión, ¿qué distingue a Santa Clara dentro del mapa cultural cubano?

—A veces se divulgan poco las personalidades que Santa Clara ha dado a la cultura y al ámbito intelectual. Ha sido cuna de excelentes poetas, escritores y artistas que nos legaron valiosas memorias de la historia de la ciudad.«Nos distinguen, además, tradiciones como la antigua verbena de la calle Isabel II —hoy Colón—; las veladas del puente La Cruz, que se mantuvieron hasta los primeros años del siglo XX, y el carnaval, iniciado en el siglo XIX y caracterizado por sus coches, volantas y quitrines alrededor del parque Vidal. A ello se suman las tertulias en casas de familia, donde se reunían escritores, poetas y músicos. Estos eventos servían para encubrir el movimiento revolucionario: mientras los hombres conspiraban en la última habitación, en la sala se desarrollaban actividades musicales, de teatro o de poesía, de modo que las autoridades españolas pasaban de largo sin sospechar el verdadero propósito de la reunión.

«De igual modo, la trova ha existido aquí siempre; muchos de sus artistas eran contratados para ofrecer serenatas o amenizar actividades familiares. En el terreno musical también es justo recordar que a principios del siglo XX un joven sagüero formó la primera Jazz Band, mucho antes de que este género iniciara su auge en la capital. Si alguien osó decir alguna vez que esta ciudad era una aldea, estaba equivocado: Santa Clara ha sido y es una ciudad de intelectuales, artistas, revolucionarios y patriotas, y sus habitantes nos sentimos profundamente orgullosos de ella».

—¿Qué espacio de la ciudad considera que refleja mejor su identidad y por qué?

—Hay varios espacios importantes aquí, entre ellos el lugar donde se realizó la misa fundacional, pero para mí el parque Leoncio Vidal es el centro del corazón de Santa Clara. ¡Tengo tantos recuerdos lindos en ese lugar! Allí di mis primeros pasos. A los cinco o seis años me reunía con un grupo de niñas y niños, tarde por tarde, para jugar a las rondas infantiles, a los escondidos, a los agarrados, a la candelita. A veces alguien decía: «¡Mañana venimos con patines!», y acudíamos casi todos con ellos para hacer carreras, no de esas de matar a la gente, sino para divertirnos.

«Todos corríamos al oír las campanitas de los carameleros —uno era el del Piolín y otro el de la chambelona— y nos acercábamos a comprarles. De adolescentes, nos reuníamos para disfrutar de las retretas y compartir, porque en aquella época no existían los centros culturales y las actividades que se desarrollan hoy. Las muchachas dábamos la vuelta a la glorieta en un sentido y los jóvenes en el contrario; cuando surgía algún interés romántico, él se acercaba y seguía paseando con ella. Muchos santaclareños guardamos esas experiencias de la juventud, de los primeros amores, que tuvieron como escenario el parque Vidal.

«Muchos recordarán también cuando se gestaba la lucha revolucionaria y se producían allí concentraciones de estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza, la Es-cuela Normal de Maestros, la Normal de Kindergarten o la Escuela del Hogar. Fue también el punto de partida de la primera manifestación hacia el Parque de los Mártires. Y guarda la memoria de eventos históricos cruciales: fue tomado por las tropas del Che, pero antes, en la colonia, lo tomaron el general Manuel de Jesús Calvar y Oduardo (Titá) durante la guerra del 68, y Leoncio Vidal en la gue-rra del 95. Este parque es historia, cultura y tradición».

—¿Qué relatos poco conocidos atesora la ciudad y deberían difundirse para comprender mejor la esencia y la historia de Santa Clara?

—Hay muchos relatos por descubrir, sobre todo entre los más jóvenes. Les he hablado de las costumbres, las leyendas y de la importancia de conocer a nuestros patriotas locales, porque ahí existe un vacío real. En las aulas se estudia a Ma-ceo, Martí, Máximo Gómez, pero apenas se mencionan las acciones de Ramón Leocadio Bonachea, Miguel Jerónimo Gutiérrez, los Lorda o Eduardo Machado —a quien conside-ro el gran intelectual del siglo XIX santaclareño—. Conocer la vida y la obra de estas figuras es fundamental para sentir orgullo por nuestra ciudad, pues en ella también hubo per-sonalidades que se alzaron por la independencia de Cuba.

«Muchos ignoran que existían las rondallas y declama-ciones poéticas en el Liceo de Villa Clara o en la Casa de la Cultura, y qué personalidades nacionales asistían. La mayoría desconoce cuándo se construyó el primer teatro, anterior a La Caridad, el cual se erigió a principios del siglo XIX en una casa de familia frente a la plaza que hoy es el parque Leoncio Vidal.

«Tampoco se habla de la profunda integración de las distin-tas etnias que coexistieron aquí. En Santa Clara hubo dueños de centrales azucareros con esclavos domésticos, quienes se reunían en sus cabildos y asociaciones para preservar sus tra-diciones culturales. El cabildo de los Congos Reales desempe-ñó un papel primordial al abrir el desfile de la procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre. Esta partía cada 8 de septiem-bre desde la iglesia de Buen Viaje hasta la de la Plaza Mayor, y los miembros del cabildo iban al frente con su rey, su reina, su música y su gente; detrás, seguía la iglesia.

«Otro elemento poco conocido es la leyenda del puente La Cruz. Cuentan que los remedianos, al fundar Santa Clara, hallaron en ese sitio una cruz de madera que se fue renovando hasta que, al inaugurarse el puente en 1861, un catalán que residía aquí donó una cruz de mármol para que siempre quedara memoria de aquella primera cruz. Desde ese año comenzaron las veladas de La Cruz, que abarcaban toda la calle Santa Elena —hoy Independencia— hasta lo que es la Casa de la Ciudad, nueve cuadras en total. Noche tras noche los habitantes de una cuadra distinta adornaban el puente y la cruz, y buscaban una agrupación musical. Esa tradición se mantuvo hasta los primeros años de la república.

«Y, por último, aunque pudiera citar muchos más ejemplos, tuvimos al que está considerado el primer poeta nacional, algo que jamás se dice. Este hombre fue José Surí y Águila, nacido en 1696, a pocos años de fundada la villa. Antes de su obra, todo lo que se había escrito sobre paisajes y leyendas cubanas venía de manos españolas. Por eso se le otorgó esa categoría, y así consta en la antología de la poesía cubana de Lezama Lima, lo que constituye un privilegio para todos los santaclareños».

—¿Qué elementos del patrimonio intangible cree que corren mayor riesgo de perderse y cómo podemos impedirlo?

—Hay muchas tradiciones que ya se han perdido. Por fortuna, gracias a la gestión de las entidades culturales municipales, se está rescatando lo que fueron las veladas de La Cruz. Sin embargo, creo que sería necesario conversar con alguno de nuestros buenos artistas de la plástica para que ilustren la leyenda en paneles, ya que muchas personas que transitan por el lugar, incluidos los turistas, sienten curiosidad por la cruz, preguntan y, a menudo, no obtienen respuesta. Incluso podría instalarse un pequeño puesto con souvenirs alusivos a la historia del puente, una manera crea-tiva de mantener viva esa tradición en la memoria colectiva.

«También sería bueno que el carnaval recuperara su esencia. Antes era un carnaval del pueblo; ahora es un carnaval para el pueblo: la gente se sienta a mirar las ca-rrozas, las comparsas y los muñecones, pero no participa. Cuando veo los carnavales de Camagüey o de Santiago, se aprecia otra cercanía: personas disfrazadas, motoristas, ciclistas con banderolas que alumbran, grupos folclóricos que se suman con distintas actividades. Es importante que las personas puedan involucrarse más porque, aunque la sociedad evolucione, no podemos olvidar el pasado. Quien olvida el pasado, olvida su historia».

—Si Santa Clara fuese una persona, ¿cómo la describiría?

—Maravillosa. La describiría con una espiritualidad grandiosa, como una persona que abre sus brazos para recibir a todos, como un ser humano amable, educado. Sería alguien con una sensibilidad profunda hacia todo aquello que nos enseñó doña Marta Abreu: sensibilidad por lo sencillo, por lo humilde, por los más necesitados. Santa Clara es amor para todos. Santa Clara es bendecida por ser como es, y sus habitantes vivimos orgullosos de esta santa y clara ciudad.

—¿Qué les diría a las futuras generaciones de santaclareños sobre el valor de esta ciudad?

—Que la conozcan bien para que puedan respetarla, quererla, defenderla y sentirse orgullosos de vivir en una ciudad que, desde la historia pasada hasta la presente, ha sido cuna de hechos de una importancia tremenda, que ha tenido mujeres que también lucharon por la independencia de Cuba y que cuenta con el privilegio de atesorar la presencia eterna del comandante Ernesto Guevara, cuyo espíritu descansa en el complejo escultórico que lleva su nombre. En definitiva, conocer a fondo Santa Clara es un acto de amor, que nos permite, en esencia, conocernos mejor a nosotros mismos.

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