Cuba se apaga otra vez: el sistema eléctrico colapsa por tercera vez en ocho días – Cuba en Miami
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Cuba se apaga otra vez: el sistema eléctrico colapsa por tercera vez en ocho días – Cuba en Miami

Apagón General en Cuba. Foto: Video de YouTube de Negocios TV

El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) sufrió este martes 14 de julio una nueva desconexión completa, en medio de una de las etapas más críticas de la crisis energética que atraviesa la isla. La caída ocurrió a las 11:05 de la mañana y provocó la pérdida generalizada del suministro eléctrico, obligando a las autoridades a comenzar otra vez el complejo proceso de reconstrucción de la red desde pequeños circuitos territoriales.

La Unión Eléctrica confirmó el colapso a través de sus canales oficiales, mientras el medio estatal Cubadebate difundió un breve aviso sobre la nueva desconexión. En las primeras informaciones no se precisó qué avería específica desencadenó el evento ni cuánto tiempo podría tomar el restablecimiento completo del servicio.

La magnitud del incidente no depende únicamente de que todo el país haya quedado desconectado. El dato más preocupante es la frecuencia con la que se están produciendo estos colapsos: se trata del quinto apagón nacional registrado desde comienzos de 2026 y del décimo en aproximadamente dos años.

Tres apagones nacionales en solo ocho días

La nueva caída ocurrió apenas cuatro días después del colapso registrado el 10 de julio, atribuido oficialmente a una falla en la línea de transmisión de 220 kilovoltios que conecta Santa Clara con Sancti Spíritus.

Ese apagón, a su vez, había ocurrido solo cuatro días después de otra desconexión total, reportada el 6 de julio. En apenas ocho días, el Sistema Eléctrico Nacional perdió por completo su estabilidad en tres ocasiones.

La sucesión de incidentes revela que la red cubana opera prácticamente sin capacidad de respaldo. En un sistema eléctrico estable, la salida inesperada de una planta o de una línea de transmisión puede compensarse mediante otras fuentes de generación. En Cuba, sin embargo, la reducida disponibilidad hace que cualquier falla importante pueda desencadenar una reacción en cadena.

Cuando la frecuencia eléctrica cae por debajo de los niveles operativos, las unidades generadoras pueden desconectarse automáticamente para proteger sus equipos. Si la red no dispone de suficiente reserva para compensar esa pérdida, el resultado puede ser una caída progresiva que termina separando o apagando todo el sistema.

Un sistema que ya estaba al límite antes del colapso

Horas antes del apagón, las propias cifras de la Unión Eléctrica anticipaban una jornada extremadamente complicada. Para el momento de mayor consumo se estimaba una disponibilidad de apenas 1,155 megavatios, frente a una demanda máxima prevista de aproximadamente 3,150 MW.

La diferencia podía generar una afectación de entre 1,990 y 2,020 MW. En términos prácticos, el país solo disponía de poco más de un tercio de la electricidad que necesitaba para cubrir la demanda estimada del horario pico.

Incluso sin una caída nacional, ese déficit habría obligado a mantener apagadas durante largas horas amplias zonas de todas las provincias. La programación de cortes deja de ser suficiente cuando la electricidad disponible es tan limitada que los circuitos apenas pueden conectarse por breves periodos.

El lunes anterior, la afectación había llegado a 1,775 MW alrededor de las 9:50 de la noche. Además, los apagones se extendieron durante las 24 horas del día, lo que indica que la generación nunca consiguió cubrir la demanda nacional ni siquiera durante los horarios de menor consumo.

Las termoeléctricas averiadas reducen todavía más la generación

La caída se produjo mientras varias de las principales unidades termoeléctricas del país permanecían fuera de servicio por averías. Entre los bloques indisponibles figuraban las unidades seis y ocho de la central Máximo Gómez, ubicada en Mariel; la unidad dos de la termoeléctrica Lidio Ramón Pérez, en Felton; y la unidad tres de Antonio Maceo, conocida como Renté, en Santiago de Cuba.

Estas instalaciones son esenciales para la generación base del país, pero muchas de sus unidades llevan décadas funcionando y requieren reparaciones cada vez más frecuentes. La salida simultánea de varios bloques representa cientos de megavatios que dejan de entrar a la red.

El envejecimiento provoca fugas, roturas en calderas, fallas en turbinas, problemas en sistemas auxiliares y paradas imprevistas. Aunque las unidades sean reparadas y reincorporadas, su antigüedad hace que con frecuencia vuelvan a salir de servicio después de periodos relativamente breves.

Esa rotación permanente de averías impide lograr una recuperación sostenida. Una termoeléctrica regresa a la red mientras otra se detiene, por lo que el sistema no consigue acumular una reserva suficiente para absorber imprevistos.

La falta de combustible paraliza cientos de motores

El problema no se limita al deterioro de las grandes termoeléctricas. Al menos 106 centrales de generación distribuida estaban detenidas por falta de combustible, lo que representaba alrededor de 890 MW indisponibles.

La generación distribuida está formada por grupos electrógenos instalados en diferentes regiones del país. Estas máquinas fueron concebidas para aportar electricidad cerca de los lugares de consumo y reducir la dependencia de las grandes plantas, pero necesitan un abastecimiento regular de diésel o fueloil.

Sin combustible, los motores permanecen técnicamente listos, pero no pueden generar. Esta situación elimina una de las principales alternativas que podría utilizarse para compensar la salida de las termoeléctricas o aliviar la demanda durante los horarios de mayor consumo.

También estaban fuera de servicio las centrales flotantes instaladas en Regla, Melones, Mariel y Moa. Conocidas popularmente como patanas, estas unidades fueron contratadas para añadir capacidad de generación, pero su operación también depende del suministro constante de combustible.

La suma de motores paralizados, patanas inactivas y termoeléctricas averiadas dejó a la red con una disponibilidad mínima y sin margen para responder a otra falla.

La crisis combina deterioro técnico, falta de petróleo y escasa inversión

El colapso del sistema no puede explicarse por una sola avería. La crisis eléctrica cubana es el resultado de varios problemas acumulados durante años. Una parte importante de las termoeléctricas opera desde hace décadas y no ha recibido los mantenimientos capitales necesarios. Muchas reparaciones han sido parciales, destinadas a mantener temporalmente las unidades en funcionamiento sin sustituir los componentes fundamentales.

A esa situación se suma la falta de combustible. La reducción del petróleo subsidiado procedente de Venezuela ha obligado a Cuba a buscar suministros en condiciones financieras más difíciles, mientras el país enfrenta una aguda escasez de divisas.

La ausencia de inversión también afecta las líneas de transmisión, las subestaciones y las redes de distribución. Por ello, la fragilidad no se concentra exclusivamente en las plantas generadoras: una falla en la infraestructura que transporta la electricidad entre provincias también puede provocar una desconexión de gran alcance.

La nota de referencia identifica como causas estructurales el envejecimiento de las termoeléctricas, la falta de mantenimiento capital durante más de una década, la escasez crónica de combustible y la insuficiente inversión en infraestructura.

¿Por qué no se puede restablecer la electricidad inmediatamente?

Después de una desconexión nacional, el sistema no puede encenderse de una sola vez. Las grandes termoeléctricas necesitan electricidad para poner en marcha sus bombas, controles, sistemas de enfriamiento y otros equipos auxiliares.

El proceso debe comenzar con fuentes capaces de arrancar de manera independiente. Estas fuentes energizan pequeños circuitos y permiten crear microsistemas regionales.

Entre los puntos utilizados para iniciar la recuperación se encuentran Energás Boca de Jaruco, en el occidente del país, y Energás Varadero, en la región central. Desde esos enclaves se intenta abastecer determinados circuitos, incorporar unidades generadoras y ampliar gradualmente las áreas con electricidad.

Una vez creados los microsistemas, los operadores deben sincronizarlos. Para lograrlo, cada segmento tiene que mantener niveles compatibles de frecuencia y voltaje. Una diferencia considerable puede provocar nuevas desconexiones o daños en los equipos.

Después se incorporan de manera escalonada las termoeléctricas, los motores y otras fuentes disponibles. Cada unidad añadida permite conectar más circuitos, pero también aumenta la demanda. Si se energizan demasiadas zonas antes de disponer de suficiente generación, el microsistema puede volver a desplomarse.

Por esa razón, algunas comunidades pueden recuperar la electricidad durante varias horas y perderla nuevamente. No siempre se trata de un apagón programado, sino de ajustes, fallas o desequilibrios ocurridos durante la reconstrucción de la red.

La recuperación puede prolongarse durante varios días

El tiempo necesario para restablecer el servicio depende de la cantidad de plantas disponibles, el estado de las líneas de transmisión y la estabilidad de los microsistemas. Si las principales termoeléctricas no consiguen arrancar, la recuperación se hace más lenta. También pueden aparecer fallas durante la sincronización o averías adicionales cuando una unidad intenta volver a generar después de una parada.

Las autoridades deben priorizar hospitales, estaciones de bombeo, industrias estratégicas y otros servicios considerados esenciales. Esto significa que los circuitos residenciales pueden permanecer apagados incluso después de que el sistema comience a recuperarse.

Cada intento fallido obliga a retroceder, aislar nuevamente determinadas zonas o comenzar desde una etapa anterior. Por ello, una desconexión de segundos puede tener consecuencias que se extienden durante días.

Apagones de hasta 26 horas antes de la caída nacional

El apagón total se produjo cuando numerosas comunidades ya enfrentaban interrupciones de entre 20 y 26 horas diarias. Algunas zonas habían acumulado más de 72 horas consecutivas sin servicio eléctrico. En muchos municipios, la electricidad regresaba durante una o dos horas, un tiempo insuficiente para que las familias cocinaran, almacenaran agua, cargaran teléfonos y realizaran todas las tareas pendientes.

Las diferencias entre circuitos también han generado inconformidad. Las zonas cercanas a hospitales, hoteles, instalaciones turísticas o centros estratégicos suelen recibir un suministro más estable, mientras las comunidades conectadas a circuitos residenciales soportan periodos más prolongados de interrupción.

En las áreas rurales, las dificultades pueden ser aún mayores por la distancia de las subestaciones, el estado de las líneas y la demora en atender averías locales después de que se restablece la red nacional.

La falta de electricidad agrava la crisis del agua

Uno de los efectos más inmediatos de los apagones es la interrupción del bombeo de agua. Muchas ciudades cubanas dependen de estaciones eléctricas para extraer, trasladar y distribuir el líquido.

Cuando el servicio se interrumpe durante demasiadas horas, los depósitos no consiguen llenarse y los ciclos de distribución quedan retrasados. Incluso después de que regresa la corriente, puede ser necesario esperar a que las estaciones recuperen la presión suficiente.

En edificios de varios pisos, las familias suelen depender de bombas eléctricas para llevar el agua hasta los apartamentos. Sin energía, el suministro puede quedar limitado a las plantas bajas o desaparecer completamente. La combinación de apagones, altas temperaturas y falta de agua incrementa los riesgos sanitarios y dificulta tareas básicas como cocinar, limpiar y mantener la higiene personal.

Hospitales dependen de generadores y reservas de combustible

Los hospitales y policlínicos cuentan con plantas de emergencia, pero su funcionamiento continuo depende de la disponibilidad de combustible y del estado técnico de esos equipos. Durante una desconexión prolongada, los generadores deben sostener áreas críticas, salones de operaciones, unidades de cuidados intensivos, laboratorios y equipos de refrigeración.

La prioridad suele concentrarse en los servicios imprescindibles, mientras otras áreas reducen sus actividades. Las instituciones médicas también pueden enfrentar dificultades con el bombeo de agua, la climatización y la conservación de medicamentos que requieren temperaturas controladas.

El desgaste de las plantas de emergencia aumenta cuando deben funcionar durante muchas horas consecutivas. Una avería en esos equipos puede comprometer todavía más la atención sanitaria.

Comercios, telecomunicaciones y transporte también sufren el impacto

Los apagones afectan los sistemas de pago electrónico, cajeros automáticos, refrigeradores comerciales y equipos informáticos. Muchos establecimientos reducen sus horarios o suspenden actividades cuando no cuentan con generación propia.

Las panaderías y centros de elaboración de alimentos tampoco pueden mantener una producción estable. Una interrupción en estas instalaciones repercute después en la disponibilidad de productos básicos.

Las telecomunicaciones funcionan con baterías y sistemas de respaldo, pero esos recursos tienen una duración limitada. Cuando las interrupciones se extienden, pueden aparecer fallas en la cobertura móvil y el acceso a internet.

La falta de comunicación dificulta conocer los horarios de restablecimiento, pedir ayuda y contactar a familiares. También afecta a trabajadores que dependen de internet y a pequeños negocios que utilizan las redes sociales para ofrecer sus servicios.

En el transporte, la ausencia de electricidad puede provocar problemas en semáforos, estaciones de combustible, talleres y sistemas de cobro. La escasez energética termina extendiéndose así a prácticamente toda la actividad económica.

Recuperar 400 MW no resolvería el déficit nacional

La Unión Eléctrica había anunciado la conclusión de mantenimientos programados en varias unidades con la expectativa de recuperar unos 400 MW durante julio. Sin embargo, esa capacidad adicional sería muy inferior a déficits que se acercan o superan los 2,000 MW. Incluso si los 400 MW regresaran de manera estable, todavía quedaría sin cubrir una parte considerable de la demanda.

Además, la reincorporación técnica de una planta no garantiza su funcionamiento continuo. La unidad también necesita combustible y puede sufrir nuevas averías debido a su deterioro. La recuperación anunciada podría reducir temporalmente algunas horas de apagón, pero no eliminaría las causas fundamentales de la crisis. Para lograr una solución sostenible sería necesario modernizar las plantas, asegurar el combustible, reparar las redes y crear suficiente capacidad de reserva.

“Organizar mejor los apagones” no responde al problema estructural

Miguel Díaz-Canel había pedido organizar mejor las interrupciones, una declaración que provocó críticas porque se centró en la distribución de los cortes y no en la reducción del déficit. Para las familias, conocer con mayor precisión el horario de un apagón puede ayudar a organizar algunas tareas, pero no cambia la falta de electricidad durante la mayor parte del día.

La programación también pierde efectividad cuando ocurren averías imprevistas, retrasos en la entrada de unidades o colapsos nacionales. En esas circunstancias, los calendarios dejan de cumplirse y las interrupciones pueden extenderse mucho más de lo anunciado.

La crisis ya no consiste únicamente en administrar bloques de apagones. La repetición de desconexiones nacionales demuestra que está comprometida la estabilidad del sistema completo.

Un verano marcado por calor, oscuridad e incertidumbre

El colapso ocurre en pleno verano, cuando las temperaturas elevadas aumentan el uso de ventiladores, refrigeradores y equipos de climatización. Al mismo tiempo, la generación disponible se encuentra en uno de sus niveles más bajos.

Dormir sin ventilación, conservar alimentos y almacenar agua se convierten en desafíos diarios. Los niños, los adultos mayores y las personas con enfermedades crónicas son especialmente vulnerables a las largas jornadas de calor sin electricidad.

La incertidumbre también tiene un efecto emocional. Las familias no saben cuándo regresará el servicio, cuánto tiempo permanecerá conectado ni si una nueva falla provocará otro apagón nacional. Cada restablecimiento deja de percibirse como una solución definitiva y pasa a ser una pausa temporal dentro de una emergencia prolongada.

La nueva caída confirma una crisis sin margen de seguridad

El quinto colapso nacional de 2026 confirma que el Sistema Eléctrico Nacional opera sin la reserva necesaria para responder a fallas ordinarias. La combinación de termoeléctricas envejecidas, motores sin combustible, centrales flotantes paralizadas y redes deterioradas mantiene al país en un equilibrio extremadamente frágil.

Mientras los técnicos intentan crear microsistemas, arrancar unidades y sincronizar nuevamente las regiones, millones de cubanos permanecen sin una respuesta clara sobre el tiempo que tomará la recuperación.

La electricidad puede comenzar a regresar de manera gradual, pero la frecuencia de los últimos colapsos demuestra que reconectar el sistema no equivale a resolver la crisis. Sin inversiones profundas, combustible estable y una modernización integral de la infraestructura, cualquier avería importante puede volver a dejar a Cuba completamente a oscuras.

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