El costo del silencio
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El costo del silencio

A Cuba le urge una comunicación política a la altura de su ciudadanía, basada en la transparencia y la capacidad de sostener verdades incómodas sin mutismo.


Hay una vieja costumbre que confunde el silencio con la fortaleza. Como si callar fuera sinónimo de controlar, de no dar armas al adversario, de preservar una narrativa intacta. Pero el silencio, en política, raramente es neutral. Tiene peso, tiene consecuencias, porque cuando la información escasea, la desinformación llena el vacío.

Cuba lleva años enfrentando una crisis de múltiples rostros -energética, económica, demográfica- que todos conocemos, no porque alguien la haya explicado con suficiente claridad, sino porque se vive en carne propia cada día. Sin embargo, esa brecha entre lo que se experimenta y lo que se comunica no ha hecho más que ensancharse, alimentando una desconfianza que ya no distingue entre la mala noticia y el mensajero que la trae.

La comunicación política eficaz no es la que solo habla cuando las noticias son buenas. Esa es, precisamente, la comunicación que nadie cree. La que genera credibilidad, y con ella, algo tan importante como la confianza ciudadana, es la que aparece también cuando hay que decir lo que nadie quiere oír, la que reconoce el error antes de que este se vuelva escándalo y la que explica el por qué de una medida impopular, en lugar de dejar que cada quien construya su propio relato.

Las medidas impopulares no desaparecen por no mencionarlas. La eliminación de un subsidio, una subida de precios, el cierre de un establecimiento o la venta en dólares de un producto que antes era en moneda nacional, por solo mencionar algunas, deben contarse. Ocultarlo no lo suaviza, lo amplifica, porque a la afectación material se le suma la sensación de haber sido tratado como alguien que no merece una explicación.

A ello se suma el espacio que se cede a las noticias falsas y los fraudes. Aquí podemos citar el desmentido de la Unión Cuba Petróleos (CUPET) a una plataforma que suplantaba su identidad para cometer estafas. Son bien sabidas las razones que han llevado a comercializar en “moneda dura” las tan necesarias balitas de gas, un producto de primerísima necesidad en los tiempos que corren. Sin embargo, la noticia de que estas comenzaron a venderse por esta vía a través de diversas plataformas nunca se hizo pública, solo corrían de boca en boca, sin información oficial que la respaldara: es allí donde el ciudadano queda desprotegido y donde encuentran la oportunidad personas con el afán de lucrar a base de la mentira y la suplantación de identidad.

Las experiencias internacional y nacional muestran un patrón donde las sociedades que atraviesan crisis profundas con mayor cohesión son aquellas en las que la ciudadanía fue informada con rigor y respeto, en las que alguien tomó el micrófono no para tranquilizar con eufemismos, sino para enmarcar el esfuerzo colectivo que se requería.

El mejor ejemplo está en nuestra historia, con una crisis bien gestionada a través de la transparencia como herramienta de cohesión, porque la rendición de cuentas no es una concesión al adversario, es la condición mínima para que el vínculo entre el Estado y sus ciudadanos sobreviva a las crisis.

Mejorar la comunicación política es un compromiso de fondo con la ciudadanía. Implica a funcionarios que aparezcan en pantalla tanto para anunciar logros, como para responder preguntas incómodas; medios dispuestos a informar con la misma energía sobre lo que falla o acerca de lo que funciona; así como asumir que el silencio también comunica y que lo anunciado por él, casi siempre, da a entender la peor versión posible de los hechos.

Informar no es debilidad. Es, hoy más que nunca, la herramienta más poderosa de un gobierno para sostener la confianza de su pueblo.

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