Cinco años después del 11J: la dictadura sigue, pero Cuba ya no es la misma
El títere Díaz-Canel sepultó su carrera política el día que dio la orden de combate. Su indolencia y su falta de empatía fueron el tiro de gracia que necesitaba el pueblo para entender que aquí hay dos bandos: los que sufrimos con el sistema y los que viven de él

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Si alguien me hubiese dicho que 5 años después del 11 de julio estaría coordinando un coloquio para hablar del destino de mi nación, no le hubiese creído. Es más, no hubiese creído que después de aquellas protestas la dictadura se mantendría 5 años más en el poder, que los presos seguirían presos, que sacarían de abajo de la manga otra política económica igual de fallida y absurda que las anteriores implementadas y, por supuesto, no daría crédito a la idea de que conoceríamos un nuevo regente de la familia real socialista.
El 11 de julio de 2021, yo era otra madre más que hacía colas en las puertas de las recién estrenadas tiendas en dólares mientras susurrábamos el abuso que significaba dolarizar la economía. Como otras, me indignaba con el discurso del doble rasero que perpetuaban los espacios informativos oficialistas y sufría cada vez que mis hijos me pedían lo más básico y no tenía cómo proveerlo. La frustración que crecía en cada hogar era real, tangible como una montaña, pero si soy sincera, nadie en mi círculo más cerrado pensaba que una manifestación de tal magnitud, ni siquiera una pequeña protesta, llegaría a tener lugar. El dogma de años ejecutado desde los centros docentes hasta los medios de difusión te inmoviliza a tal punto que llegas a desarrollar la idea de que el poder permanecerá intacto y estático incluso en contra de nuestra voluntad sin que podamos hacer nada para cambiarlo.
Lo poco que conocíamos de los jóvenes del Movimiento San Isidro nos hacía admirarlos profundamente, pero siempre nos inundaba la concepción de que eran seres excepcionales y de que en nuestra sociedad colmada de la cultura del habla bajito sería imposible que surgieran otros, los suficientes para cambiar el sistema, con la misma gallardía que ellos portaban. La inmovilidad psicológica es demasiado fuerte; nos paralizan estigmas preconcebidos, miedos a la exposición pública, la cruel represión y sobre todo el temor a perder más libertades que aquellas a las que hace años habíamos renunciado.
Recuerdo bien que en aquellas jornadas sólo se hablaba de cómo sobrevivir o de cómo huir, y nos escondíamos en casa donde nadie pudiera vernos para leer los artículos de la prensa independiente y reconocer que tenían la verdad en la mano. El retrato de la sociedad que reflejaban se parecía más a la sociedad en la que vivía. La censura del oficialismo nos distanció de la prensa habitual y con ese proceso apareció el periodo en que algunos empezamos a desintoxicarnos. Aún así, el despertar de la conciencia nacional es más lento para unos que para otros y, por supuesto, más complejo si no estás organizado. Los paquetes de datos móviles que ofertaba ETECSA eran extremadamente caros, así que algunos nos conectábamos por momentos y, por ende, muchos supimos de las manifestaciones por el propio Canel y su infame discurso de violencia y odio.
El títere sepultó su carrera política el día que dio la orden de combate. Su indolencia y su falta de empatía fueron el tiro de gracia que necesitaba el pueblo para entender que aquí hay dos bandos: los que sufrimos con el sistema y los que viven de él. En no pocos hogares pensamos que sería el fin de la dictadura ese mismo día, y tras ver que no había caído pensamos que las protestas se replicarían una y otra vez. Con la desconexión de la red eléctrica y de toda forma de comunicación, nos invadían las más grandes incertidumbres. Era inevitable pensar en los manifestantes y sus familiares. Los mensajes que inundaban las redes nos hacían creer que en algún punto se buscaría la reconciliación, aunque fuera por estrategia de poder, para mostrar empatía donde solo hay dejadez. En cambio, la dura realidad nos mostró la cara más oscura de los dictadores, con lecciones ejemplarizantes y estigmatizantes, con una clara parcialización racial y rural. Pero la represión es una moneda de doble cara: por un lado, inmoviliza por temor, pero por otro, despierta el deseo reprimido de ser libres.
Nunca se había hablado tanto en Cuba de libertad como hasta ese momento, al menos no en los recientes años. Una parte importante de la nación decidió el camino hacia el exilio porque el propio régimen buscó una escapatoria a través de la emigración para aliviar la presión social que había antecedido a las protestas. Pensar que en apenas 5 años Cuba pasó de tener más de 11 millones de ciudadanos a tener cerca de 9 millones debería ser una señal clara para el mundo de que los cubanos les perdimos la fe al sistema. El éxodo es una respuesta clara ante la crisis, pero también ante la gestión. Quien cree que el sistema es funcional y atraviesa una contienda, se queda y espera el florecimiento porque confía en que su funcionalidad resolverá el conflicto, pero quien ya perdió la fe en la gestión entiende que ninguna política aplicada resolverá los problemas y decide abandonar el barco.
Desde el 11 de julio, no somos los mismos. Nuestra realidad se deshumanizó, y el propio partido que prometió beneficios sociales ha recortado los gastos de la obra pública a niveles inimaginables. Después de sentir el desprecio del pueblo, decidieron quitarse las máscaras de la manipulación y actuar bajo el foco público del odio y la indolencia. Hemos enfrentado en sólo 5 años tragedias como resultado de la negligencia, epidemias por la invasión de basura, pérdida total de la infraestructura eléctrica, paquetazos económicos acompañados de la dolarización y un aumento de la violencia militar.
¿Quién podría creer que la prosperidad y el respeto vendrían de la mano del violento, el avaricioso, el indolente? A cinco años del 11 de julio, nos muestran medidas de corte capitalista para vender la transformación y adaptación del sistema a las necesidades de sus ciudadanos, pero de justicia no se habla. Mutar como un virus hacia una fase más potente que incluye la aceptación social, la legitimación internacional y el comprar tiempo es parte de la estrategia, porque ahora también se respira aquel ambiente de presión que vivíamos días antes del 11 de julio de 2021. No somos los mismos, pero ellos tampoco lo son. Ofrecen entrevistas a medios de prensa internacional para forjar alianzas y tratar de dialogar con el vecino norteño que les quita el sueño; pero en casa, el cuartico sigue igualito.
Quien piensa que cambiar la economía resuelve los problemas de Cuba, no solo es ingenuo, sino que es inmoral. La justicia no es un tema de segundo orden; es el plato principal en este menú. El que es injusto con uno para mantener su poder no le tiembla el pulso para serlo con otro cuando le represente un peligro. La humanidad no se negocia, y hoy ser humanos es tener claro que la república que queremos forjar no comienza fomentando cambios económicos sino cambios estructurales y de libertades individuales.
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