Bohemia

Consecuencias

Cada tarde vagan despacio sin rumbo alguno. Son muchos de caminar impersonal que se proyectan vistiendo la indumentaria de una vejez abandonada. Se sientan en los bancos habituales y los “cortejan” las mismas palomas para beneficiarse de sus regalitos de pan.

La atmosfera, de un plomizo silencio, ultraja la alegría remota de la vida: las risas infantiles no harán eco feliz en el sepelio de tantos huesos; siguen sin habituarse a la ausencia de ese ir y venir de chiquillos casi perfectos.

Los viejos, en apariencia inofensivos, años atrás, fueron quienes se aseguraron de proveer de abundante alimento a las aves y regaron con profusión los viñedos. Mientras, calculaban con pasmosa frialdad las estrategias militares a ejecutar por los soldados. Actuaron convencidos de que se trataba de un costo pasajero, prometedor de victorias. A la larga, pensaban, los animales y las plantas se multiplicarán, y nacerán más niñas y niños.

Solo que estos no pudieron ni tan siquiera crecer privándoseles del beneficio de las familias propias, muriendo sin hijos; dejando a su vez abandonados los palomares y los campos. A esta masa senil, el peso abrumador de la mala conciencia y la experiencia cotidiana, les hace sentir culpables de prestarse a los deseos de los superiores donde pelear era tópico constante. Ellos en la cima, los niños tras las armas. Los himnos militares desplazaron a las frases de amor, y las promesas de espera se verían reconfortadas por nuevos y jugosos ascensos.

La situación del frente volvió fondo triste el cielo añil y los árboles macizos. Para la contienda, la ciudad enrolaba a los pequeños. Claro, esto sucedió poco a poco: al echar volar a las palomas unido al intercambio de botellas de vino, se percataron de las mermas. Quedaban los niños.

Viéndolos retozar apareció la formula infalible: irían a la ofensiva. A los estrategas, escudados en las charreteras, les pasó inadvertida la verdad inmaculada de contaminaciones con otras menos certeras: el futuro de la humanidad no llega a los metros y medio de estatura ni hablan con voz grave. El mañana del mundo pasa por las coordenadas del tiempo medido en carcajadas y juegos.

“Ya nos encargaremos nosotros, los dueños del presente, en procrear varones y hembras donde prolongar el halito vital”, se decían. Se equivocaron; la metralla los volvió estériles y regresaron a hogares vacíos. Apenas algunas palomas los recibieron. Teniendo que revivir a fuerza de mucha agua a los maltrechos viñedos.

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