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Los terrícolas se sienten acongojados. Uno de cada diez habitantes del planeta sufre depresión o fuertes estados de ansiedad. Estamos hablando de tristeza, desánimo, miedo y desesperanza en la mente de más de 750 millones de almas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), encargada de anunciar este año lo anterior, estimó que ambos problemas de salud psíquica le cuestan a la economía mundial cada calendario 900 mil millones de euros, debido en lo fundamental a ausencias y pérdidas de producción. Países europeos industrializados tomaron nota de lo anterior y, además de reducir el tiempo laboral de los trabajadores, le incrementaron sus vacaciones pagadas.
El asunto no es tanto de bondad empresarial como de previsión. “Es mejor cuidar a la gente para que se sienta bien y rinda más”, afirman los propios corporativos a las claras en ¿Dónde invadimos ahora?, documental político del norteamericano Michael Moore.
Según la OMS, que advierte sobre la tendencia al alza de la depresión en el mundo durante las décadas más recientes (en 1990 solo existían 416 millones de seres humanos afectados por la patología), las inversiones en las personas que padecen estas enfermedades no solamente tienen ventajas en el aspecto sanitario, sino también en el económico. Cada dólar invertido para ayudar a pacientes depresivos o con trastornos de ansiedad trae una utilidad de cuatro dólares por mejoría de salud y mayor capacidad laboral, afirman los especialistas de la institución radicada en Ginebra.
Cuanto no esclarecen los datos es dónde se focaliza con mayor intensidad en el planeta, aproximación en torno a la cual no queda otro remedio que establecer indagaciones puntuales. Podría pensarse que un suizo, por muy aburrido que se encuentre, no debería tener nunca el pecho moribundo de un poblador de Alepo, Mosul, Ayotzinapa, Juárez, Lagos, Mogadiscio o de un refugiado en los campos de detención europeos… Sin embargo, el compungimiento espiritual no guarda relación directa con situación económica, enclave geográfico y ni siquiera con presencia de conflictos de cualquier tipo.
La angustia desgarra, más allá de la pertenencia al norte o al sur del Trópico de Cáncer; el llanto ensombrece el pensamiento sin reparar en estabilidad, estrato, edad, sexo, inteligencia o presencia o no de medicinas para remediarlo o acaso paliarlo.
En la primera economía del planeta casi 200 millones de personas consumen psicofármacos de modo continuado. En la Nación-Prozac, como le etiquetaron a los Estados Unidos, se registran más suicidios que en el triste Japón a consecuencia de estados alterados por la depresión.
La tasa de muertes autoinflingidas en EE.UU (en su nivel más elevado de las tres últimas décadas) creció un 25 por ciento en cuanto va de siglo, de acuerdo con informe difundido por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades.
Los saltos mayores en el índice de suicidios allí se reportan entre niños de ambos sexos de diez a catorce años: gran parte de ellos deprimida en tanto resultado de disfunciones familiares, abuso escolar, acoso cibernético, racismo, obesidad o soledad.
Pocos han explicado tan bien tanto la dolorosa condición como el drástico remedio de quienes optan por el no más para defenderse de sí mismos cual el crítico literario español Rafael Narbona, blanco de la afección en su familia: “Un brote de manía es como un rompehielos que embiste contra el cerebro. Durante largas noches de insomnio, las ideas crepitan como un bosque en llamas. La depresión es un atardecer interminable. Sientes que las horas no existen, que deambulas por un vacío perfecto. La muerte no es una intrusa. Es un pequeño claro donde te reencuentras con el paraíso”.
Si bien esa no es la solución —¿siempre habría de haberla aun en medio del peor de los infiernos?—, y, tal recomienda John T. Cacioppo, catedrático de psicología y director del Centro de Neurociencia Cognitiva Social de la Universidad de Chicago: “Cuando una persona está triste e irritable, quizá está pidiendo en silencio que alguien la ayude y conecte con ella. La paciencia, la empatía, el apoyo de amigos y familiares, compartir buenos momentos, todo eso puede hacer que sea más fácil recuperar la confianza y los vínculos”.
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