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Memoria imborrable

Cada vez que una casa se derrumba en Gaza, no caen solo paredes y vidas. También puede desaparecer una foto guardada en una caja, una carta escrita por un abuelo, el programa de una boda, el carné de una escuela, una prueba de que una familia estuvo allí. La revista wired contó este 6 de julio cómo el Museo Palestino, en Birzeit, intenta responder a esa pérdida con una idea sencilla y poderosa: crear un archivo digital que no pueda ser saqueado ni borrado.

Un archivo digital es una colección organizada de documentos convertidos en datos: imágenes, textos, audios o videos que pueden consultarse en una computadora. El Palestine Museum Digital Archive empezó en 2018 con visitas a familias de Cisjordania para pedir permiso, escanear fotografías, cartas y papeles privados. Hoy reúne más de 500 000 registros, desde mapas y diarios hasta películas e identificaciones. Son memorias familiares convertidas en patrimonio común y testimonio de vida.

La palabra clave es copia. Amer Shomali, artista y director general del Museo Palestino, lo llamó un «archivo que no se puede saquear»: no porque sea imposible atacarlo, sino porque no depende de un edificio único. El proyecto mantiene respaldos distribuidos en distintos lugares del mundo. Un respaldo es una copia de seguridad; distribuido significa que no está todo en el mismo servidor. Si cae una página web, otra copia permite reconstruirla.

Esa arquitectura técnica responde a una violencia muy concreta. unesco informó que, hasta el 24 de marzo de 2026, había verificado daños en 164 sitios culturales de Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Las bombas de Israel han destruido edificios históricos, lugares religiosos, depósitos de bienes culturales, monumentos, museos y zonas arqueológicas. En esos casos, la pérdida no es solo artística. Cuando se destruye un archivo, también se dificulta probar propiedad, continuidad, vecindad y existencia de millones de personas.

El conflicto por la memoria tampoco se limita a Gaza. Reuters informó el 25 de junio de 2026 que un proyecto de ley israelí, llamado Autoridad de Patrimonio en Judea y Samaria, busca ampliar el control civil de Israel sobre sitios antiguos de la Cisjordania ocupada. Organizaciones palestinas e israelíes de derechos humanos lo describen como una anexión de hecho. La disputa sobre ruinas y piedras es también un forcejeo sobre quién puede narrar el territorio.

Por eso importa que el archivo no solo incluya documentación estatal y académica. wired cuenta que el equipo recolecta materiales de familias y que trabaja con metadatos. Metadatos significa «datos sobre los datos»: fecha, lugar, nombre de la persona, idioma, tipo de documento. Sin esa información, una foto queda muda; con ella, puede contar una red de parentescos, oficios, migraciones y luchas. La tecnología, en este caso, ordena voces que suelen quedar fuera de los archivos oficiales.

Pero conviene no romantizar lo digital. Shomali explicó a wired que el sitio recibe ciberataques casi todos los meses. Se pretende tumbar, robar o alterar información usando redes informáticas. Además, la digitalización exige dinero, electricidad, personal, traducción y cuidado ético, porque no todo documento debe exponerse sin consentimiento. La memoria popular necesita servidores, sí, pero también comunidades que decidan qué proteger y cómo compartirlo.

La lección rebasa a Palestina. En América Latina sabemos que los papeles de una comunidad pueden perderse por un terremoto, un incendio, una inundación, una plataforma privada que cambia sus reglas o una guerra económica que corta recursos. Archivar no es guardar polvo: es defender la posibilidad de decir «aquí estuvimos».

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