
Foto: Fotograma de la serie
Gracias a la incontestable potestad creativa generada por la independencia, Louis C. K. rubricó en su serie Horace and Pete el más rabiosamente iconoclasta ejercicio de expresión audiovisual facturado en los pagos de la teleficción sajona reciente.
A lo Lars von Trier en Dogville, el comediante estadounidense teatraliza la escena, en un contexto de cerrado a íntimo, en el que convergerán –sin comulgar, o haciéndolo– seres humanos tan diversos como la propia especie.
Los cuatros trastos ambientadores del bar regenteado por Horace (interpretado por el mismo Louis C.K.) y su primo Pete (Steve Buscemi), únicos aderezos del prácticamente invariable espacio de focalización del relato, son oyentes de diálogos harto improbables en ninguna otra serie del cable, de streaming o cadenas abiertas.
Por ejemplo, uno de los primeros capítulos de Horace and Pete rompe con un monólogo de 23 minutos (duración que representa un suicidio en televisión, cuando eso le importa algo a quien la filma, que no es el caso de su creador), en el cual cierto personaje femenino da cuenta de su ensoñación, y posterior relación erótica, con su suegro de ¡84! años.
La escena en la que Horace y su hermana enferma de cáncer (Edie Falco en una versión dura de su inolvidable protagónico de Nurse Jackie) le aniquilan a Pete la cita con la joven que conoció en internet, resulta, con toda seguridad, lo más lancinante, ríspido, visto en el audiovisual norteamericano en mucho tiempo. La boda de Margot, de Noah Baumbach, es chocolate casero en comparación.
En Horace and Pete, ciertas conversaciones entre los personajes destilan tanta humanidad y naturalidad que el espectador creería estar asistiendo a pasajes cotidianos de la vida «real» de esos seres; pero no en plan Eric Rohmer.
Los «cuentos morales» de Louis C.K., todo lo contrario, portan más la desesperanza balzaciana de la «comedia humana» y la desazón vitriólica vomitada por la generación de Jonathan Franzen, con un toque suyo, muy personal, del que él solo tuvo la fórmula.
No somos malos, pero tampoco buenos, pareciera repetir aquí, como un mantra y entre líneas inaudibles de diálogo, el creador de Louie, icónica serie suya estrenada previamente a esta. Horace and Pete tiene algo de aquella obra, tan igualmente personal; como, además, de la ignorada Lucky Louie y hasta de los shows de stand–up comedy que él vendiera en la red.
Horace and Pete no es para todo tipo de comensales. Se trata de una serie de intencionales grandes disonancias. Nada va aquí con arreglo al ABC tradicional de la puesta en pantalla, ni en el dispositivo formal ni en el discurso narrativo.
Sus episodios varían de modo abrupto su duración, mientras que las escenas lo mismo pueden comenzar in media res que evolucionar o hasta autoflagelarse dramáticamente.
Aunque Louis C.K entregue bastante sitio actoral al magnífico Alan Alda, a Buscemi, a la Falco y hasta a una Jessica Lange invitada a este desmadre con fondo sonoro de Paul Simon –sí, el de Garfunkel–, parece estar viéndose acá como ente regente a su mismo personaje de Louie (de la serie homónima Louie), que a la larga es la representación de sí mismo o, si no tanto, la más parecida que pueda existir.
Horace and Pete rezuma una inefable mixtura de picardía con tristeza, de sarcasmo con ternura infantil, de dolor con desenfado.
Me subyugó, y eso me hizo perdonarle sus presuntas faltas, que en realidad no son tales, pues son procuradas: salidas de tono, incongruencias entre las escenas, su absoluta falta de preocupación por la «limpieza» formal, tanta cháchara sobre lo «intrascendente», esos arrebatos generadores de náuseas, sus abundantísimos instantes incómodos, esa bilis sobre la mesa…, en fin, la serie.