Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Creo que nadie pensó que de los dos fuera el africano el que lograra antes ese anhelo común de pisar el césped sagrado de una Copa Mundial de fútbol, porque Cuba fue invitada a 1938 pero nunca logró clasificarse por mérito propio.
El fútbol cubano lleva décadas luchando por encontrar su lugar en el más universal de los deportes, pero las sucesivas selecciones nacionales troncharon los sueños de muchos, dejando solo ecos de lo que pudo ser.
Por otro lado, Cabo Verde, pequeño archipiélago de volcanes dormidos y playas azules en medio del océano, ha empezado a escribir su propia leyenda y en el planeta fútbol dejó de ser un puñado de islas perdidas en la inmensidad atlántica.
Parecía que la selección caboverdiana se daba por satisfecha con haber llegado a la Copa Mundial de México, Estados Unidos y Canadá 2026, pero de eso nada.
Desafió las expectativas y alcanzó un hito que resuena como una melodía triunfante en la memoria colectiva de su pueblo, al avanzar a la segunda ronda.
En este Mundial expusieron su esencia con humildad, en un escenario que siempre pareció inalcanzable, gracias a un proceso que supo aprovechar el talento local, con una estructura de desarrollo juvenil sólida.
Donde el realismo sugería resignación, ellos plantaron banderas en lo imposible.
Ninguno de sus futbolistas juega en las principales Ligas de Europa, su entrenador tampoco es extranjero, jugó apenas dos partidos en el Badajoz español en 1995 y toda su carrera en los banquillos ha sido a nivel doméstico.
Allá los niños juegan descalzos en calles asfaltadas bajo el sol del Sahel, soñando ser como sus héroes.
Cuba comparte la sal del mismo océano, y además de envidia sana, lo hecho por el seleccionado africano despierta un faro de esperanza, de que la tristeza y la frustración aún pueden tener giros inesperados.
Cabo Verde nos ha enseñado que los límites los ponen los mapas, nunca el corazón, y que a veces, las leyendas más hermosas nacen donde el océano parece querer decirnos que no hay nada más allá.
Después de todo, el fútbol, como el mar, siempre guarda espacio para los milagros, si se navega con brújula y constancia.
rc/lp

