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Amor que salva, María

María: «Cuando necesite saber alguna cosa de Guantánamo, venga a verme» Foto: Jorge Luis Merencio

Guantánamo.—¿Por qué en esta urbanización hay un barrio al que le llaman la Loma del Chivo?, ¿quién era Mamá Anita Chue, la exesclava de Emilio Bacardí que «trajo a Guantánamo la antesala del Pompadour y de la Tumba Francesa?».

Esta mujer lo memoriza en detalles. Recuerda las jornadas de sábados y domingos, cuando «los demonios» (soldados de la Base Naval estadounidense) borrachos, cometían actos irrespetuosos contra la población local.

Más cercanos a los de tiempos de Matusalén que a los nuestros se antojan aquellos sucesos. Pero discurren como manantiales, contados por los labios de María Sosa.

Algún que otro gesto expresivo, y pinceladas de historia, salpican las vivencias de esta cubana, que todavía mira sin lentes artificiales, como si el mundo no le hubiera dado 107 vueltas al sol desde que ella lo habita, a partir del 13 de junio de 1919.

Es la menor de cinco hermanos, confirma la nacida en la ciudad de Guantánamo. «Mi madre, para sostenernos, tuvo que lavarle y plancharle ropas a gente de color blanco».

AQUELLA VIDA EN EL GUASO

Aunque viene de un siglo y más, su vida, contada en primera persona, es un torrente de lucidez. Vivencias como lechugas frescas acabadas de cosechar. Hasta los nubarrones de antaño se vuelven inconfundibles en la voz de la singular cubana.   

«Yo empecé a trabajar a los 13 años. Jacobina, una mujer del barrio, me llevó a la trillería de café que estaba en Agramonte entre Prado y Aguilera, casi en la esquina».

Trillaban hasta los viernes. Los sábados y domingos había que encerrarse en las casas, «porque esos demonios de la Base Naval, venían y no respetaban a nadie. Tocaban puertas y, si lograban entrar, ni pensarlo».

«En tren llegaban al paradero. Los esperaban allí los buquenques, gente que les alquilaban caballos. Los gringos tomaban las calles. Pasaban a toda carrera, borrachos, eran insoportables».

Dice que un joven guantanamero, apodado El Nene, un día «le metió una «trompá» a uno de esos engreídos, y lo tiró a la calle. Se formó un titingó tremendo».

Hubo otro lugar donde les salió el tiro por la culata. Muchachos del barrio les tiraron piedras y partieron una cabeza. Otros gringos vinieron a defenderlo, y los chicos los trataron igual. Salieron como el perro que tumbó la cazuela. Jamás volvieron allí».

El suceso, según María, tuvo lugar en la Loma del Chivo, nombrada así -aclara-, gracias al arria de esos animales que tenía Panchita Lanfernal. Dormían en el sótano de su casa de piso alto, y pastaban en un «sao» que se extendía hacia la parte de atrás. La gente los veía, y le pusieron a ese barrio: Loma del Chivo».

DOS ETAPAS, UNA ELECCIÓN Y UN PORQUÉ DE VIDA

María, que vivió sus primeros 41 años en la seudorepública, prefiere la Revolución. «Después del 59, tuve mis cinco hijos. Cuatro de ellos, pudieron hacerse profesionales: una doctora, una profesora, una economista y un ingeniero».  

«Ya no tuvimos que encerrarnos los sábados y los domingos, por temor a los soldados yanquis. De aquel país vienen los problemas del nuestro, porque, óyeme, es verdad que la vida está dura».

Su longevidad, María se la atribuye a «una dieta sana, que alternaba zanahoria, rábano, quimbombó, remolacha. «Viandas y verduras, pero en cantidad moderada», detalla, antes de hablar de sus descendientes, que son 22, desde hijos hasta bisnietos.

La vida de María es un silencioso acto de amor, resistencia y coraje. Amor que ella recibió y no se cansa de dar; que asoma tierno y valiente. Amor que es también del barrio y de quienes lo habitan. Amor que salva, María.

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